Publicado por: Coceta
Entrevistas / Numero_14 | Vie 08 - May - 2009

“Mi relación con las cooperativas de trabajo es casi sentimental”

Conocido por sus más de 64 películas y actuaciones en series de televisión y salas de teatro en Argentina y en España, Héctor Alterio es, además de un reconocido actor, un hombre con una experiencia de 20 años en una cooperativa de trabajo, los 20 años iniciales que lo llevaron a la fama.

Héctor Alterio

Estado civil: casado con una psicoanalista.
Hijos: dos “y una nieta, Lola, que cumple tres años y es el sol mi vida”.
Hobbies: Si puedo, viajar.
Comida favorita: pasta al dente.
Mejor película: Casablanca.

PREGUNTA: ¿Qué es para usted una cooperativa de trabajo?

RESPUESTA: Cuando escucho la palabra me retrotraigo al año ’50 en Buenos Aires, cuando hicimos una cooperativa de trabajo. Es una idea que surgió dentro del núcleo del teatro. Personas que sabían sobre fórmulas empresariales dijeron que había que crear una cooperativa porque ganaríamos dinero y habría que distribuirlo. Nosotros firmábamos y participábamos, claro, en asambleas y en todo. Lo que entraba se reinvertía en los próximos montajes. Nos fue muy bien porque conseguimos, a partir de varios éxitos, comprar otro teatro, el Apolo, que había sido en el centro de Buenos Aires una mina de oro. Mi relación con las cooperativas de trabajo es casi sentimental, porque me remite a mi juventud.

P.: ¿Cuánta gente trabajaba?

R.: Éramos unas 18 o 20 personas. Hacer una cooperativa de trabajo referente a una cosa artística era algo bastante singular. Tuvimos la oportunidad de hacer cosas que el teatro más comercial no hacía, como por ejemplo Chéjov. Ofertábamos una cosa más artística y distinta. Todo eso fue engordando y nos fuimos enriqueciendo nosotros y el espectador. Se conformó una conciencia de público realmente notable, creo que única en el mundo. Haber participado de joven en eso me posibilitó no sólo mi enriquecimiento (yo soy hijo de emigrantes italianos de clase mediabaja, sin basamento cultural ni estudios), sino también un enriquecimiento con los actores, con los directores, con los profesores que venían a darnos clase. Pasados los años, este movimiento dejó unas secuelas evidentes en el público y en todo esto que está ocurriendo ahora en Argentina, concretamente en Buenos Aires. Abres un periódico y te encuentras con una oferta muy variada. Y lo que yo rescato más es que el público va. Evidentemente la mayoría de mis compañeros que hacen teatro no puede vivir de eso, porque son en teatros chicos de 30 a 50 butacas, pero rescato la vocación, que es consecuencia de aquellos años.

P.: Con la cooperativa, además de enriquecerse artísticamente ¿lograron vivir de ello?

R.: Sí. La cooperativa me daba un medio sueldo porque yo durante la mañana atendía la boletería. Por la tarde lo completaba en una empresa de pintura y por la noche volvía al teatro. No dejaba de ser un divertimento que a su vez me enriquecía muchísimo. En el teatro como algo serio empecé en esta cooperativa, que duró 20 años. En la década del ’70 hubo problemas, se disolvió, vendimos el teatro y pagamos deudas. Fue en esa década cuando yo, por primera vez, con 40 años, empecé a vivir de mi profesión, con el cine, la televisión, y otras funciones de teatro ya cobrando un sueldo.

P.: ¿Por qué se murió la cooperativa?

R.: Cuando se puso en auge la TV y el cine pagaban cifras siderales. No sé si eso contribuyó al desgaste de los principios. Era difícil estar en la cooperativa: no se podían tomar decisiones individuales sin antes consultar… El cine y la TV fueron absorbiendo a la gente. Así, la cooperativa se derrumbó, perdió su fuerza.

P.: ¿Y en ese momento se vino a vivir a España?

R.: En el ’74 vine a presentar una película, La tregua, junto con una delegación que conformaban esa película y dos más: La Patagonia rebelde y Boquitas pintadas. Éramos un grupo numeroso y recalamos todos en San Sebastián. Antes de que terminara el festival yo me vine a Madrid para reservar habitaciones para el resto de la delegación, y allí me dijeron que estaba amenazado de muerte en Argentina.

P.: ¿Por qué? ¿Porque hacía cine político?

R.: Las amenazas y exilio de gente con fama le dio a la Triple A [la alianza argentina que inició el período de las desapariciones de la dictadura] una publicidad total en todo el mundo, que era lo que querían. Más que militantes, buscaban personas que pudieran propagarlo a través de la prensa, y tuvieron un éxito terrible.

P.: Aquí estaba aún Franco ¿Cómo vivió ese exilio?

R.: Viví los últimos coletazos del franquismo. Había complicaciones pero más creadas por mi cabeza: por ejemplo, yo había grabado en Buenos Aires un disco de Pablo Neruda que se llamaba El general Franco en los infiernos y creía que eso me podía afectar aquí, pero no. Lo que era más complicado era no tener estabilidad económica ni laboral. Aquí no me conocía nadie y mi situación era más gravosa con familia y dos niños pequeños. Dormíamos en un hostal de la calle Bravo Murillo y al salir al balcón me entraban esos temores irrisorios porque me alcanzara aquí algo que estaba ocurriendo a 13.000 kilómetros. Fue en esa situación límite cuando surgieron personas que por adhesión ideológica me ofrecieron dinero o trabajo. El español me ha ayudado más que cualquier argentino: compañeros de profesión me dieron dinero para pagar el alquiler de mi casa y me ofrecieron trabajo.

P.: ¿Cómo se hizo conocido?

R.: La tregua, que se mostró en San Sebastián, no la publicitaron bien ni la estrenaron cuando yo necesitaba. Mis amigos de aquí, entonces, hacían previas, invitaban a gente, y así más o menos se fue nucleando un cierto conocimiento sobre mí. Después, Nuria Espert me dio otra gran mano ofertándome una obra de Valle-Inclán, y así me fueron saliendo trabajos. Milagrosamente, después de la muerte de Franco hubo un cambio de actitud. Empecé a hacer películas con gente que hasta ese momento estaba vetada, como A un dios desconocido, que en 1977 obtuvo un premio en San Sebastián que me catapultó a la industria. Hasta el ’81 no pude volver a Argentina, y desde entonces voy y vengo.

P.: ¿No quiso volver a Argentina a vivir?

R.: Me lo planteo muchas veces. Primero, tenía razones como no provocar desarraigo a mis hijos. Ahora descubro que esas razones eran excusas. Ya llevo 34 años aquí, tengo un lugar, me siento respetado y querido en ciertos sectores de la industria y tengo la posibilidad de disfrutar de la inmediatez que hay con la distribución de las películas, que me hace trabajar en Italia, en Francia… cosa que no hubiera ocurrido en Argentina. Todo esto son las excusas. Mi mujer y yo hemos coincidido en que lo defina el tiempo.

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